¿SON LOS JUDÍOS HERMANOS MAYORES DE LOS CRISTIANOS?
Por : Lic. Martha A. Tenorio Azaña
Para responder a todo eso, debemos hablar de la historia de la Salvación del género humano, la cual empezó con una antigua alianza y culmina con una nueva alianza. En las Sagradas Escrituras, la Antigua Alianza es denominada Antiguo Testamento, y se inicia en el relato que se encuentra en el libro del Génesis, el cual narra que, luego de la caída de los primeros padres de la humanidad, Adán y Eva, a causa del pecado original inducido por el demonio en forma de serpiente; Dios hace la promesa de que enviará al Salvador a través de una mujer que pisará la cabeza de la serpiente, el demonio, declarando que habrá enemistad entre la descendencia de la Mujer y la descendencia de la serpiente. Ahí comienza la Antigua Alianza, que más adelante, se confirmará cuando Dios llamará a un hombre de gran fe, Abraham, cuya fidelidad premiará, prometiéndole una Descendencia del cual surgirá un pueblo cuyos integrantes serán en número incontables, como las estrellas del firmamento; para lo cual, de su linaje surgiría el Mesías prometido.
Así, con el objetivo de que se
cumpla la promesa de la llegada del Redentor a través del linaje de Abraham, Dios
a través del tiempo, cuidará y guiará al pueblo que surgió de la simiente de
Abraham luego de varias generaciones, a través de las doce tribus brotadas de
sus doce bisnietos; y, sacándolos de Egipto a través de Moisés, donde se habían
asentado en tiempos de José, el cual llegó a ser Gobernador de ese país, quien fuera
uno de los hijos de su nieto Jacob denominado también Israel, nombre que Dios
le dio a través de un ángel; no obstante, siglos después fueron esclavizados, y
durante la travesía a la tierra prometida el Señor le entregó por medio de
Moisés a quien eligió como líder de ese pueblo, los Diez Mandamientos. Ese pueblo denominado Israel, nombre del padre de las doce cabezas de las
tribus que lo conformaron, que a medida que creció demográficamente, se organizó,
siendo gobernado a través del tiempo, por Patriarcas, Jueces y después Reyes,
todo lo cual se narra en los sucesivos libros de las Sagradas Escrituras. Sin
embargo, después del reinado de Salomón, cuya deslealtad a Dios así como
también la de su hijo el Rey Roboam, provocó una maldición que se tradujo en guerras
intestinas que terminaron dividiéndolo en dos pueblos : Israel y Judea, del
cual de éste último, nacería el Salvador, es decir el Mesías esperado.
El Nuevo Testamento, surge con la llegada del Salvador, Nuestro
Señor Jesucristo, que es la razón de la promesa hecha desde Adán, a Abraham y
demás Patriarcas; y, se inicia a través de la anunciación del Arcángel San
Gabriel a la doncella de Nazareth, la Santísima Virgen María, donde le revela
que Dios la había elegido para ser Madre de su Divino Hijo, luego de lo cual la
Santísima Virgen en acto de gran fe y humildad acepta este inmenso don y tarea
de inmensa responsabilidad. Más adelante, Nuestro Señor, al cumplir los treinta
años, iniciará su obra
empezando con sus tres años de vida pública enseñando su Sagrada Doctrina de verdad,
amor y esperanza llamando a todos a la conversión, además de ejecutar grandes
milagros; y, la culminará con su Pasión y muerte en la cruz, con lo cual llevó a
cabo la Redención del ser humano, condenado a muerte eterna por el pecado original y
que ahora tendría la oportunidad de alcanzar la vida eterna. La religión judía
que hasta ese momento era mosaica, si bien basada en los Diez Mandamientos, y que
aunada con muchas normas exclusivas para el pueblo judío, se convirtió en ley
para su nación; quedó caduca para dar paso a la Fe cristiana, que es la
RELIGIÓN ÚNICA, porque es la plenitud de la historia de la salvación, la cual llegó
a su culmen con el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo,
que se extiende y se corona de forma inseparable con su Resurrección,
continuando después en la misión de la Iglesia hasta la consumación final del
mundo. San Juan evangelista declara : “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia
y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el
unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer”. (Jn. 1, 17-18).
Si bien en un principio Dios eligió a un hombre fiel, Abraham,
de cuyo linaje de sangre surgiría un pueblo, al que se le denominó el pueblo
elegido por la razón que de él nacería el Salvador; no obstante en el Plan divino,
no es que el Pueblo de Dios fuera únicamente por el hecho genético, sino que
debe estar conformado por todos los que creyesen en el Mesías, quien es Nuestro
Señor Jesucristo, el Redentor del mundo. Por este motivo, Dios eligió a ese hombre justo cuyo nombre era Abram, procedente de un pueblo lejano e idólatra, pero que sin
embargo, conservaba la tradición sagrada de sus antepasados : la fe en el Dios
verdadero; por lo que le cambió el nombre de Abram a Abraham, que significa
“Padre de todos los creyentes”, y fue cuando le hizo la gran promesa :
“Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham,
porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes. Y te multiplicaré en
gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi
pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por
pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti” (Gn.17,5-7). Respecto a esta promesa, San Pablo explica : “Ahora bien, las promesas se les hicieron a Abraham y
a su descendencia. La Escritura no dice: «y a los descendientes», como refiriéndose
a muchos, sino: «y a tu descendencia», dando a entender uno solo, que es
Cristo. Lo que quiero decir es
esto: la Ley, que vino cuatrocientos treinta años después, no anula el pacto
que Dios había ratificado previamente; de haber sido así, quedaría sin efecto
la promesa. Si la herencia se basa en la Ley, ya no se basa en la promesa; pero
Dios se la concedió gratuitamente a Abraham mediante una promesa.
Entonces, ¿cuál era el propósito de la Ley? Fue añadida por causa de las
transgresiones hasta que viniera la Descendencia a la cual se hizo la
promesa. La Ley se promulgó por medio de ángeles, por conducto de un
mediador. Ahora bien, no hace falta mediador si hay una sola parte y, sin
embargo, Dios es uno solo. Si esto es así, ¿estará la Ley en contra de las
promesas de Dios? ¡De ninguna manera! Si se hubiera promulgado una ley capaz de
dar vida, entonces sí que la justicia se basaría en la Ley. Pero la Escritura
declara que todo el mundo es prisionero del pecado, para que mediante la fe
en Jesucristo lo prometido se les conceda a los que creen”. (Gal.3, 16-22). De modo, que la Ley recibida por
Moisés y la promesa hecha a Abraham no se contradicen, sino que la Ley guía el
corazón en el camino de Dios y evita el pecado, de modo que aquellos que están en
ese camino, lleguen a creer en Nuestro Señor Jesucristo y se les conceda las promesas,
porque lo prometido se cumple de forma única y definitiva en Él.
Es así entonces que, Abraham se convierte en el padre del
pueblo creyente en el Redentor, y tal como su nombre lo vislumbraba desde un
principio, sería ciertamente padre de muchas naciones, que a través del tiempo y
de muchas generaciones convertidos al cristianismo, han constituido la
civilización cristiana en el mundo : “Multiplicaré
tu descendencia como las estrellas del cielo, y daré a tu descendencia todas
estas tierras; y todas las naciones de la tierra serán benditas en tu
simiente, por cuanto oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis
mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (Gn. 26, 4-5). San Pablo corrobora al respecto : "Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre;
no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y SI
VOSOTROS SOIS DE CRISTO, CIERTAMENTE LINAJE DE ABRAHAM SOIS, Y HEREDEROS SEGÚN
LA PROMESA" (Gal. 3, 28).
En consecuencia, la Promesa del Pueblo de Dios la tiene ahora la Iglesia de
Cristo, es decir la Iglesia fundada por Él y que desde los primeros siglos gracias
a San Ignacio de Antioquía, es denominada Iglesia Católica, es decir, Iglesia
Universal, porque ella posee la auténtica fe, posee y custodia la revelación
divina que Dios la ha dado; y Él desea que sean todos parte de ella al
creer en Nuestro Señor y bautizarse.
Pero los judíos mismos se expulsaron a sí mismos de la Historia
de la Salvación, al NO reconocer al Mesías, no continuaron en el Nuevo
Testamento, gracias a lo cual DEJARON DE SER EL PUEBLO DE DIOS, aún en la categoría
de primigenio; pues, el Antiguo Testamento es hasta aquí sólo un referente, lo condicional
y fundamental es tomar parte del Nuevo Testamento, mismo que se instituye con la
llegada y obra del Redentor, por lo que el pueblo judío debía integrarse a la
Iglesia de Cristo, el Pueblo de Dios. Sin embargo, los judíos actuales no
siguen siquiera la Torá que es el Pentateuco de la Biblia; sino el TALMUD, que
es su biblia, una obra que contiene muchas normas y enseñanzas influenciadas de
otras religiones del tiempo en que fueron cautivos de otros pueblos a lo largo
de su historia como posteriores a la diáspora del año 70 D.C.; añadiendo también el odio visceral y hasta mortal hacia el
cristianismo además de su trato al cristiano.
Así que NO SON HERMANOS MAYORES, rechazan la fe cristiana
que es la continuidad de la fe mosaica, el judaísmo se alejó de los
principios bases que observa la Tradición Judía, y que les hubiera permitido concluir
hacia el reconocimiento de Nuestro Señor Jesucristo como el Redentor,
considerando la justa interpretación de las profecías. Incluso Nuestro Señor
los rechazó cuando ellos le manifestaron que eran hijos de Abraham, ante lo
cual les respondió : "Si fueseis hijos de
Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí,
hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo ésto
Abraham... “; Jesús entonces les dijo además : Si vuestro padre fuese Dios,
ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he
venido de Mí mismo, sino que Él me envió... Vosotros sois de vuestro padre el
diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde
el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él.
Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Y
a mí, porque digo la verdad, no me creéis”.
(Jn. 8, 39-40.42.44-45).
El mismo San Juan Bautista les advirtió a los judíos,
preparándolos a recibir al Redentor : "Haced,
pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros
mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar
hijos a Abraham aun de estas piedras" (Mt.
8-9). Y así fue, ante la traición de su pueblo, Nuestro Señor Jesucristo
levantó su Iglesia en su Apóstol San Pedro; porque el pueblo de la Antigua Alianza,
no siguió a Cristo, no tiene ningún vínculo con la Iglesia de Cristo; de lo
contrario, hubiera sido el pueblo guiador y por consiguiente, nuestros hermanos
primigenios en la Fe.
Por tanto, San Pablo refiriéndose al pacto que hizo Dios
con Abraham, señala :“Así Abraham creyó a Dios,
y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos
son hijos de Abraham. Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar
por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo:
En ti serán benditas todas las naciones. De modo que los de la fe son
bendecidos con el creyente Abraham”
(Gal. 3, 6-9).
San Pablo ha demostrado tener una respuesta para aquellos
que aún piensan que el pueblo judío actual es el pueblo elegido, el pueblo de
Dios, y que tienen derecho a las promesas, lo cual no es cierto, porque ha
quedado establecido que al negarse a creer en Nuestro Señor, al igual que lo
hicieron los coetáneos de Cristo en su oportunidad, cerraron las puertas a las
promesas de Dios que están condicionadas a la fe en el Mesías Nuestro Señor
Jesucristo.
San Juan, el apóstol evangelista y que fuera predilecto
del Señor, pues le concedió cuidar a su Santísima Madre y que en cabeza de
todos los cristianos la recibiera como Madre; nos relata cómo el pueblo que
fuera elegido rechazó a Nuestro Señor mismo y, cómo la filiación divina la
reciben todos aquellos que creen en Nuestro Señor, e integran su Iglesia : “A los suyos vino, y los suyos no le recibieron. Mas a
todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de
ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de
voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1, 11- 13).
Al igual que
San Juan Evangelista, también lo señala San Pablo : “y
si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en
verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él”. (Rom.
8,17).
CONCLUSIÓN : los judíos del pueblo actual al igual que los del tiempo de Cristo,
NO SON EL PUEBLO DE DIOS, aunque heredaran la fe monoteísta de su antepasado
Abraham, la cual se desarrolló y se configuró en tiempos de Moisés luego que
Dios le entregara los Diez Mandamientos, sumándose a ellas, normas derivadas más
específicas a su idiosincrasia, convirtiéndose así en la ley de su nación; no
obstante, su deslealtad permanente a Dios, la cual se ha denotado durante su trayectoria
histórica, debatiéndose entre la fe y la idolatría, conllevando así a la
desobediencia, la arrogancia y la ingratitud al Señor; provocó, salvo honrosas
excepciones, una ambivalencia espiritual intrínseca heredada en sus almas, que les
impidió abrir su corazón a reconocer a Nuestro Señor Jesucristo como el Mesías
esperado, ni aceptar su doctrina de amor y perdón, en el cual les dio a conocer
el Misterio del Dios Uno y Trino, como Padre Omnipotente y Misericordioso. Ante tal rechazo, el pueblo judío no continuó
en la Historia de la Redención, dejó de ser el pueblo elegido de esta historia,
ya que las promesas divinas a Abraham, extendidas hacia el Pueblo de Su Descendencia,
estaban condicionadas no a la raza o genética de quien la recibiera, sino al
significado de su legado en su nuevo nombre como Padre de los creyentes, es
decir, padre de todos aquellos que recibieran al Redentor Nuestro Señor; por lo
que la categoría de Pueblo de Dios le pertenece a la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica. Y por ende, los judíos NO SON HERMANOS MAYORES
DE LOS CATÓLICOS, su religión originaria no convergió hacia la plenitud de la fe,
al negarse a reconocer y creer en Nuestro Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero
como el Mesías esperado, no siendo bautizados ni pertenecer a su Iglesia, por
lo que NO SON HIJOS DE DIOS a diferencia de los cristianos católicos, que sí lo
son por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo; ergo, tampoco son herederos de
Dios ni coherederos del Reino de los Cielos con el Señor Jesucristo.
Y finalmente,
considerando que, luego de la diáspora del año 70 D.C., ese pueblo se extendió
a diversos lugares, y el judaísmo también se vio afectado, hoy es una religión regida
por el Talmud, su libro sagrado, un tipo de código civil y religioso, con
enseñanzas y rituales conteniendo influencia de otras religiones de la antigüedad;
pero, lo más importante, totalmente adversa al cristianismo.



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